Amaneció, al fin mi primer
día de trabajo. Una manzana, un pan tostado y café son un buen desayuno para
iniciar el proyecto de mi vida. Ni el tránsito ni la prisa de las demás personas
me quitan el sabor del plan que cambiará mi vida y que ojalá también se la
cambie al menos a 5 millones de personas.
La realidad me latiguea la
cara y un nudo en la garganta me recuerda que mi país nunca ha podido resolver
el problema del analfabetismo. Actualmente cerca de 5 millones de personas no
saben leer ni escribir en México.
Estoy frente al secretario de educación pública y me dice: “espero
que usted sea mejor que los políticos, menos palabras y más hechos”. Le
recuerdo al funcionario que una de las condiciones es que me pueda mover
libremente por el país sin que ningún gobernador me diga “aquí en mi estado
mando yo”. O que al término del sexenio me despidan los nuevos funcionarios. Me
dice que no me preocupe, que mi trabajo es el único transexenal y que aunque
todos se vayan, yo seguiré trabajando en mi proyecto a diez años: “Dos por uno, uno menos”.






